La Ruta de G.I.T.: Crónica del Trío que Rediseñó el Rock Latinoamericano

 

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Hay formaciones que se limitan a tocar canciones; otras, en cambio, capturan el pulso exacto de una época y trazan un surco imborrable. A comienzos de los años ochenta, en medio de la efervescencia democrática y la renovación estética de Buenos Aires, nació una de esas excepciones. Su nombre oficial era GIT, aunque un detalle tipográfico terminó bautizándolos universalmente con puntos entre las letras: G.I.T. Detrás de esas tres siglas operaban tres nombres fundamentales del engranaje rockero argentino: Pablo Guyot en guitarra y coros, Willy Iturri en batería y voz, y Alfredo Toth en bajo y voz.

Esta es la historia de cómo tres sesionistas de élite se cansaron de secundar a otros, se jugaron el todo por el todo bajo la tutela de Charly García y terminaron conquistando un continente entero antes de que el propio éxito devorara sus entrañas.

Los Cimientos: De la Sombra a la Primera Línea

Para entender el fenómeno G.I.T. es indispensable mirar hacia atrás, al subsuelo de la escena musical porteña de finales de los setenta y principios de los ochenta. Ninguno de ellos era un improvisado.

Alfredo Toth arrastraba un recorrido prestigioso y pesado: había sido parte insustituible de Los Gatos —pioneros indiscutidos del rock cantado en castellano junto a Litto Nebbia—, además de transitar proyectos de la talla de Sacramento y acompañar en vivo a León Gieco y Nito Mestre. Por su parte, Pablo Guyot y Willy Iturri bregaban juntos en Banana, el proyecto pop comandado por César Banana Pueyrredón que se movía con comodidad en el circuito de pubs del Gran Buenos Aires.

El punto de inflexión definitivo ocurrió cuando los tres confluyeron en la banda de Raúl Porchetto. Allí se transformaron en la maquinaria instrumental detrás de los mejores éxitos del artista durante la primera etapa de la década. Esa base sólida, compacta y de pegada seca no pasó desapercibida. Quien quedó absolutamente deslumbrado fue Charly García, que por entonces reconfiguraba el mapa del rock nacional con su etapa solista. Charly no lo dudó: los absorbió por completo para grabar discos icónicos como Yendo de la cama al living y Piano Bar, además de respaldarlo en cada presentación en vivo.

Convivir con el torbellino creativo de García y girar permanentemente alimentó una urgencia largamente postergada: el trío quería su propio espacio. Ya habían intentado dar forma a un proyecto propio entre interrupciones y colaboraciones paralelas —como el paso fugaz de Guyot por ZAS, la banda de Miguel Mateos—, pero faltaba el empujón definitivo. Ese espaldarazo llegó de la mano del propio Charly, quien asumió la producción artística de su primer álbum.

El Despegue: El Disco Homónimo y el Error que Hizo Historia

El año 1984 marcó el bautismo discográfico con un álbum homónimo registrado en los estudios Mediterráneo, ubicados en Ibiza, bajo la batuta técnica de Robin Black. Los sencillos previos, «La calle es su lugar» (conocido popularmente y de forma equívoca por los fans como Ana) y «Acaba de nacer», funcionaron como puntas de lanza infalibles.

Sin embargo, un pequeño detalle de diseño en la portada alteró para siempre la identidad visual del grupo: al separar el acrónimo con puntos (G.I.T.), la grafía quedó fijada a fuego en el inconsciente colectivo de los mercados internacionales. El disco se convirtió rápidamente en un éxito comercial inapelable, cosechando certificaciones de oro y platino. Canciones como «Viento loco» y «El juego comienza» demostraron que el trío no dependía de arreglos recargados; su propuesta apostaba a la contundencia rítmica, guitarras filosas y estribillos directos que conectaban de inmediato con la calle.

El "Disco Negro" y la Consolidación Continental

Si el debut había sentado las bases, el segundo álbum —editado en 1985 y popularmente bautizado como El disco negro o el álbum de los relojes— dinamitó las fronteras del mercado local. Producido por Gustavo Santaolalla, este trabajo desató una fuerte controversia inicial en la prensa especializada argentina debido a un elemento sonoro muy particular: la batería electrónica y acústica procesada de Willy Iturri, con ese sonido seco y metálico al estilo "lata" que se transformaría en su marca registrada.

Lejos de perjudicarlos, el disco rompió récords de ventas y abrió los mercados de Chile y Perú de forma contundente. De hecho, G.I.T. se convirtió en la primera banda de rock argentino en editar oficialmente un material discográfico en los Estados Unidos. Tracks imborrables como «Siempre fuiste mi amor», «No hieras mi corazón» y «Aire de todos» musicalizaron la cotidianidad de una generación entera en todo el Cono Sur.

La Apoteosis con «Es por amor» y el Festival de Viña del Mar

El punto de ebullición definitivo llegó en 1986 con la edición de su tercer trabajo de estudio, GIT Volumen 3. Si las placas anteriores habían generado atención regional, esta obra firmó el primer gran suceso continental masivo de un grupo de rock hispano moderno, pavimentando el camino que poco después transitaría con furia Soda Stereo.

El álbum fue una verdadera factoría de hits. Las radios argentinas y latinoamericanas adoptaron casi por completo el tracklist como cortes de difusión: de ocho canciones, seis se convirtieron en éxitos rotundos. Sobresalían la desgarradora antibélica «Buenas noches, Beirut», «Más bien, menos mal», «Tarado de cumpleaños», «Crucigramas» y, por supuesto, el himno generacional «Es por amor».

Las cifras hablaban por sí solas. En Perú, por ejemplo, reventaron el Coliseo Amauta congregando a más de 25.000 personas e impulsando reediciones masivas de sus dos primeros LPs en regiones donde todavía no circulaban.

La consagración internacional absoluta se materializó en febrero de 1987, cuando pisaron el escenario de la Quinta Vergara para actuar en el Festival de Viña del Mar, en Chile. Compartiendo cartel con figuras de la talla de Christopher Cross, Air Supply y sus compatriotas de Soda Stereo ante 30.000 personas —y con una transmisión televisiva que superaba los 32 millones de espectadores de habla hispana—, el trío arrasó. Se llevaron dos Antorchas de Plata y la ovación indiscutida de un público entregado por completo.

El Desgaste, «Primera Sangre» y la Pausa Inevitable

Todo éxito descomunal acarrea un costo humano elevado. Tras girar incansablemente y repetir una fórmula en directo que ya comenzaba a mostrar signos de estancamiento operativo, la banda decidió replantear su sonido. Para ello, incorporaron al tecladista Babú Cerviño y se recluyeron en el estudio con una exigencia casi obsesiva.

El resultado de ese parto creativo fue Primera sangre (1988). El proceso fue agotador: consumieron cerca de mil horas de estudio para redondear apenas ocho canciones, co-escribiendo algunos temas junto a Andrés Calamaro como «Tinta invisible» (además del corte «Golpes» y «Por poder gritar»). A pesar del esfuerzo técnico, el disco no logró conectar con el favor masivo de sus predecesores. El desgaste acumulado en la relación interna de Guyot, Iturri y Toth terminó por fracturar la convivencia. Hacia finales de 1988, la banda anunció una pausa indefinida, y sus integrantes optaron por radicarse temporalmente en Chile.

La Explosión Madura: Distorsión (1992-1994)

Tras tres años de silencio, el trío experimentó una necesidad visceral de revancha creativa. En 1992 entraron a ensayar con un norte muy claro: buscar un sonido más complejo, pesado y arriesgado, con guiños a estéticas contemporáneas como el Achtung Baby de U2.

El álbum resultante, titulado Distorsión, se grabó íntegramente en Nueva York en los legendarios estudios Electric Lady (fundados por Jimi Hendrix) y contó con la ingeniería de Dave Whitman, veterano colaborador de Led Zeppelin y Eric Clapton. Lejos de limitarse al formato de trío austero, ampliaron la paleta sonora convocando a una sección de vientos (saxo, trompeta y trombón), coros femeninos a cargo de Celsa Mel Gowland y Sandra Baylac, teclados adicionales y la participación especial de Nito Mestre. Incluso se sumó el guitarrista rítmico Andy Ramos para liberar a Pablo Guyot hacia solos más distorsionados y punzantes.

El primer sencillo, «No te portes mal», vino acompañado de un videoclip cinematográfico donde los tres músicos interpretaban a motoqueros salvando a una joven (interpretada por la modelo chilena Ivette Vergara), mientras que la balada romántica «Para Pau» escaló rápidamente en los rankings radiales. La gira mundial de presentación culminó de manera insólita en el Teatro Municipal de Hiratsuka, en Japón, coronando el capítulo más ambicioso y musicalmente sofisticado de su trayectoria.

El Legado Indeleble

Tras aquel periplo de los noventa, el silencio volvió a instalarse por largos periodos, matizado únicamente por reuniones sorpresivas que encendieron la nostalgia de los seguidores, como su potente aparición en el Cosquín Rock de 2010 —con un cierre multitudinario en Lima junto a Roxette— o el anuncio de su gira regional en 2017.

G.I.T. demostró que la disciplina de los músicos de sesión, combinada con el talento compositivo y la urgencia del rock de estadios, podía generar una marca indeleble. Mucho antes de que la etiqueta del rock latino fuera un producto corporativo de exportación, estos tres veteranos del under porteño cruzaron cordilleras y océanos a fuerza de talento, baterías metálicas e himnos que, décadas después, continúan resonando con la misma urgencia del primer día.

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